Votar por el bien común

Publicado el 2 de julio del 2018 en: Reflexiones de vida

En una de las clases del reciente diplomado en desarrollo humano que estudié, nos pusieron un juego cuyo objetivo era simple: lograr que ningún equipo quedara por encima de los demás, sino que al final, todos ganáramos. Habría varias rondas, durante las cuales cada equipo acumularía un determinado número de puntos. El chiste era que todos acabáramos con la mayor cantidad de puntos posible.

La mecánica era la siguiente:

1. Se formaron cuatro equipos en total.

2. Al líder de cada equipo se le entregaron dos tarjetas, una con una “X”, otra con una “Y”.

3. Cada equipo tendría unos segundos para decidir cuál tarjeta “sacar” en cada ronda.

4. El profesor contaría hasta tres para que todos los líderes mostraran, al mismo tiempo, la tarjeta que su equipo había elegido.

5. Dependiendo de la combinación de letras que resultara (por ejemplo: dos “X” y dos “Y”, o una “X” y  tres “Y”), se determinaría el número de puntos que se le daban cada equipo. El profesor tenía una clave que le decía cuántos puntos correspondían para cada combinación. (Por ejemplo: en el caso de que salieran dos “X” y dos “Y”, al equipo 1 le tocarían 2 puntos, al equipo 2 se le restaría 1 punto, al equipo 3 se le sumaría 1 punto y al equipo 4 se le restarían 2 puntos, y así con cada combinación). Después de las primeras rondas, nos aprendimos todos los escenarios posibles.

Recordemos el objetivo del juego: lograr que todos los equipos acabaran con la mayoría de puntos posibles. Es decir, que todos ganáramos.

Suena muy sencillo, ¿no?

Eso es lo que yo pensaba.

El problema fue que la única combinación equitativa, cuatro “X”, le daba sólo un punto a cada equipo. Mientras que la combinación de tres “X” y una “Y”, le daba tres puntos al equipo que eligiera la “Y”, y un sólo punto a los demás.

Uno pensaría que ante el objetivo de elegir el bien común, sobre todo en un diplomado de desarrollo humano, todos elegirían la “X” sin pensarlo. El resultado fue muy diferente. A uno de los equipos le causó mucha gracia sacar la “Y” todas las veces y quedarse con todos los puntos, mientras que los demás equipos nos quedamos atrás en el marcador. Así, ellos acabaron con más puntos que todos.

Al final hubo una reflexión en la que, en general, el equipo que se quedó con todos los puntos causó gracia a todos. Su líder insistió en que tomó la decisión inteligente para su equipo y estaba muy satisfecho con su desempeño. Los demás integrantes también quedaron muy satisfechos y divertidos con la situación.

Quizás alguno de ustedes, lectores, también esté pensando que fue chistoso. Quizás estén de acuerdo con que fue inteligente.

Quizás sea porque es parte de la cultura mexicana. “El que no tranza no avanza”.

Yo, la verdad, me enojé mucho. Muchísimo. Tanto, que me quedé enojada toda la noche. Tanto, que aunque sucedió hace meses, cada vez que me acuerdo, me enojo.

A lo mejor alguien estará pensando que estoy medio loca. Que le baje dos rayitas a mi carácter. Que es sólo un juego. Pero ese es justo mi problema, que no es “sólo un juego”.

Si no podemos lograr que un grupo de treinta personas, jugando, (en un diplomado de DESARROLLO HUMANO), elija el bien común… si el bien común se toma a broma, aún en ambientes “de juego”… ¿cómo podemos esperar que se elija el bien común fuera del salón de clases, cuando lo que está en juego no son puntos en un pizarrón, sino dinero, poder y privilegios?

El día de ayer se llevaron a cabo las elecciones para presidente en México (y para muchos otros puestos, locales y estatales también). Todo el periodo de campañas fue un periodo de muchos pleitos, muchas discusiones, mucha división. Supongo que, hasta cierto punto, es algo normal. Cada quien defiende con pasión sus convicciones porque cree que sus convicciones son las que nos ayudarán a construir un país mejor.

El problema es lo que viene después. El problema es que nos instalamos en esos pleitos, nos aferramos, nos cegamos a cualquier alternativa y nos quedamos en la división, o lo que es peor, en el odio.

Las elecciones de ayer fueron históricas, tanto en porcentaje de participación, como en el resultado. Anoche se respiraba mucha esperanza. Creo que, sin importar por quién hayamos votado, podemos estar de acuerdo en que nos encontramos ante la oportunidad de un nuevo comienzo. Ojalá que lo aprovechemos para actuar.

Espero que, independientemente de su ideología, afiliaciones políticas y convicciones, todos estén dispuestos a actuar pensando en el bien común, aunque eso a veces signifique “perder unos cuantos puntos” para nosotros o “nuestro equipo”. 

Sólo actuando en favor del bien común podremos construir un país mejor.

Sólo así podemos decir que elegimos la vida.

 

 

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