¿Por qué le platico todo a mi mamá? (O ¿cómo le hizo mi mamá para mantener una buena comunicación con sus hijas?)

Publicado el 26 de marzo del 2018 en: Reflexiones de vida

Desde la adolescencia estoy consciente de que a veces soy medio rara. Mientras que la mayoría de los jóvenes evitan contarle cosas a sus papás, simplemente porque platicar con ellos no es la actividad favorita de los adolescentes, yo le platicaba todo a mi mamá. (Y cuando digo todo, me refiero a todo. Creo que supo las historias de todos los niños que “me gustaban” en la secundaria).  En la época en la que mis amigas inventaban cosas a sus papás para obtener permisos de salir a fiestas, yo les decía exactamente dónde iba a estar y qué íbamos a hacer. (Ñoña desde chiquita).

Las únicas veces que recuerdo haberle mentido a mi mamá fueron las únicas dos “travesuras” que hice en toda mi vida. (Si les preocupa que sólo he hecho dos travesuras en mi vida, están en lo correcto, es preocupante):

– Cuando pinté una florecita detrás de la puerta de mi cuarto: mi prima tenía muchas stickers pegadas en su puerta; yo siempre quise hacerlo (como adolescente, se me antojaba personalizar mi cuarto). Tristemente, mi mamá no me dejaba pegar cosas en la madera porque se maltrata. Tampoco me dejaba pintar ni “rayonear” nada. Un día tomé un pincel y acrílico rosa y pinté una florecita alrededor del picaporte de mi puerta. Me sentí la más rebelde del mundo.

– Cuando mi hermana y yo escondimos un dulce de los prohibidos para que mi mamá no lo encontrara: en la infancia, cuando mi hermana y yo regresábamos de fiestas, mi mamá revisaba nuestros aguinaldos y tiraba todos los dulces que considerara “pura pinturita”: chilitos, pelones, pulparindos, crayones, etc. Los más ricos. (Si le preguntan a mi mamá, negará rotundamente semejante acto de censura aguinaldística, pero es COMPLETAMENTE VERÍDICO). Una vez, mi hermana y yo escondimos un dulce antes de que mi mamá pudiera tirarlo. Lo tuvimos en nuestro escondite durante semanas, en las que nos lo fuimos comiendo, poquito a poquito, entre las dos. (Guácala). También nos sentimos las más rebeldes del mundo.

Fuera del régimen casi militar con respecto a cómo decorábamos nuestro cuarto, los dulces que comíamos o las caricaturas que veíamos en la tele (otro día les platico de eso), todo lo demás se lo contaba a mí mamá. Libremente y con mucho gusto.

Me gusta mucho platicar con ella. Cuando quiero hablar de algo, es en la primera persona en la que pienso. El orden en el que platico los chismes de mi vida va así:

1. Mamá.

2. Hermanas.

3. Amigas.

(También platico cosas con mi papá, pero hay muchos temas que es más fácil (y entretenido) chismear “de mujer a mujer”. Por eso sólo la estoy mencionando a ella).

La semana pasada, una mamá me preguntó cómo podía mejorar la comunicación con sus hijos, que no son muy abiertos con ella. Como es un tema muy importante para mí, decidí, igual que en el artículo pasado, echarme un clavado en mi vida y platicarles “cómo le hicieron mis papás” para tener una buena comunicación conmigo y con mis hermanas:

1. Ellos también nos cuentan “todo”:

Muchos papás quieren que sus hijos les platiquen “todo”, pero ellos ocultan muchas cosas a sus hijos. A veces, bajo el argumento de que son muy chicos para escuchar algo, a veces, pensando que los están protegiendo. En mi casa siempre nos hablaron tanto de lo “bueno” como lo “malo” del mundo. Nunca nos mintieron “para protegernos”, nos explicaban la realidad de una manera apropiada para nuestra edad. También nos platicaban temas familiares, las cosas positivas y los momentos difíciles.

Claro que hay temas que mis papás sólo hablan entre ellos (ahí entra el sentido común de cada quién), pero en general, había apertura para discutir cualquier cosa. A veces me pregunto: ¿cómo quieren los papás que sus hijos les cuenten cosas, si ellos no les cuentan cosas a sus hijos tampoco?

2. Ningún tema era demasiado difícil:

Ampliando el punto anterior, siempre hubo apertura para responder todas nuestras dudas. Cuando algo nos daba curiosidad, miedo, nos sorprendía, nos preocupaba o simplemente lo queríamos entender, sabíamos que mis papás nos lo explicarían. Nunca hubo respuestas inventadas (duendes, magia, hadas o cigüeñas) y nunca intentaron evadir preguntas difíciles de responder. En mi casa, nunca ha habido temas “tabú”, existe la apertura para platicar cualquier cosa, por difícil que parezca.

3. Siempre ha habido confianza:

¿Alguna vez han escuchado la frase “la confianza se gana”? Si son papás, tal vez incluso se la han dicho a sus hijos. Bueno, pues esa frase aplica para ambas partes de una relación. Mis papás “se ganaron” mi confianza y la de mis hermanas comunicándose con nosotras, siendo abiertos a cualquier tema, y sobre todo, confiando en nosotras. La confianza sólo existe cuando es mutua. Nos daban permiso de salir a fiestas porque confiaban en que actuaríamos responsablemente de acuerdo a la educación que nos habían dado. Nosotras les contábamos los detalles de dichas fiestas porque confiábamos en que tenían la apertura para escucharlo, y sabíamos que creían en nuestra capacidad de tomar decisiones responsables.

Esta confianza no quiere decir que no existieran límites, reglas o roles claros. Mis papás son mis papás, nosotras somos sus hijas. A pesar de que mi mamá es la persona a la que le cuento todo, nunca diría que es mi mejor amiga. (Se los digo porque así como la comunicación, los límites y los roles también me parecen importantes).

Espero que estos tres consejos les hayan sido útiles. (Y recuerden que ninguna familia es perfecta, la otra cara del exceso de confianza es la falta de privacidad, pero ese es otro tema (¿trauma?) del cual podría escribir una tesis completa). 😉

Después de leer el artículo, platíquenme en los comentarios: ¿qué es lo que más se les dificulta de la comunicación con sus hijos (si son papás) o con sus papás (si son hijos)? 

 

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