Atrévete a buscar lo que mereces

Publicado el 27 de noviembre del 2017 en: Desarrollo personal, Metas & Sueños

Hemos llegado al último de los artículos pasados, que decidí volver a publicar en conmemoración del segundo aniversario del blog; espero que hayan sido significativos para ilustrar lo que significa Elegir la Vida. Para terminar, les comparto uno de los mensajes más importantes: cambiar la forma en cómo nos vemos, cómo nos hablamos y lo que pensamos de nosotros, puede cambiar nuestra vida, por lo tanto, nos permite construir una vida que amemos.

*Artículo originalmente publicado el 3 de abril del 2017

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Hace unos días estaba viendo Once Upon a Time con mi hermana Daniela, es una de nuestras series favoritas y la vemos sin falta cada semana. El episodio que estábamos viendo comenzó con el flashback de una conversación entre dos de los personajes. Estaban hablando del cuento del Patito Feo. 

“¿Sabes de qué se trata ese cuento?”, pregunta uno de los personajes.

“Sí. Se trata de un patito que siempre fue un cisne, sólo que no lo sabía.” Le responde el otro.

Érase una vez, fui una niña muy tímida. Me costaba mucho trabajo hablar con gente que no conocía y me daba tanto miedo “romper las reglas” que en clase no hablaba con nadie por ningún motivo. Y por ningún motivo me refiero a ningún motivo. Recuerdo un día en cuarto de primaria, probablemente ya cercano al fin del ciclo escolar, en el que mi maestra hizo una especie de convivio improvisado. Estábamos haciendo unos portavasos con serpentinas (¿un regalo del 10 de mayo?) cuando de pronto sacó una grabadora y puso música. Todos mis compañeros se empezaron a parar de sus bancas, se sentaron en el piso “en bolitas” de amigos y la clase se convirtió en una sesión de manualidades muy informal. Todos estaban platicando y conviviendo menos yo; me quedé en mi banca, sentada y trabajando en silencio.

Después de un rato mis amigas llegaron a decirme que me fuera a sentar con ellas. Me insistieron tanto que decidí unirme a la convivencia, pero no sin antes pedirle permiso a mi maestra si podía sentarme con todos a platicar. Verán, nunca nos dijo explícitamente que podíamos sentarnos donde quisiéramos y platicar, únicamente puso música y mis compañeros asumieron que eso significaba convivio. Después de que oficialmente obtuve el permiso de platicar, me uní muy contenta al relajo con mis amigas.

Suena un poco extremo (porque lo es) y no sé en qué momento de mi infancia me tomé tan a pecho el cumplimiento de las reglas, al punto de perder incluso el sentido común, pero bueno, tenía 10 años.

Cosas de ese tipo sumadas a mis boletas de puro 10 hicieron que toda la primaria (y secundaria y prepa) fuera catalogada como “la matada”. Mis compañeros estaban seguros de que no iba a fiestas, no me divertía, no jugaba y dedicaba todas mis tardes únicamente a estudiar. Poco a poco fui asumiendo ese rol y ya dentro del papel de “matada”, me era todavía más difícil salirme del cascarón. Hablar con desconocidos o con compañeros que no me llevara tanto, con personas de otras escuelas o llegar a fiestas en donde no conociera a nadie. Todo eso hizo que yo solita me pusiera la etiqueta de “insegura”.

Contrario a lo que mis compañeros pensaban, sí salía, jugaba y me divertía. La mayor parte del tiempo con mi hermana Pau. Íbamos y veníamos juntas para todos lados, platicábamos y nos reíamos de tonterías. Casi nunca nos peleamos y nuestras peleas duraban sólo unos minutos antes de que todo regresara a la normalidad.

Pau es más chica que yo, pero de acuerdo a todas las personas del mundo, se ve más grande. Cuando éramos tan solo unas pequeñas de kínder la gente pensaba que éramos gemelas; después de que superamos esa etapa, ante la percepción de todos, siempre me vi como la hermana menor. No podría saber la cantidad exacta de veces que alguien me ha dicho: “¡Te ves bien chiquita!”, pero debe ser algo así como un chorrísimo de veces. Tengo 27 años, lo cual quiere decir que estoy a 3 años de cumplir 30 (todavía no me lo creo) y la gente sigue pensando que estoy en la prepa o, si bien me va, en la universidad.

La constante repetición de la palabra “chiquita” hizo que, en algún punto de la vida, me sintiera así: chiquita. Entre el papel de tímida y “matada”, y la percepción de ser más “chiquita”, la etiqueta de “insegura” se afianzó cada vez más. Tanto que hace un año decidí regresar con la psiquiatra para trabajar mi inseguridad, que según yo, había aumentado a raíz de la cirugía y de la independencia que perdí durante los años que le siguieron.

La sorpresa que me llevé fue que no trabajamos mi inseguridad, sino mi autopercepción. “Mi meta es que empieces a verte como te vemos todos los demás”, me dijo un día Raquel.

Han sido meses de abrir los ojos y quitarme todas las etiquetas que me fui poniendo con el tiempo: insegura, miedosa, chiquita, pesimista, hipocondriaca, exagerada, etc. De recordar tantas cosas que he hecho a lo largo de la vida que no coinciden con ninguna de esas palabras.

En la prepa una vez me invitaron a formar parte de un “Taller de líderes” en el que sólo podían participar los alumnos seleccionados. Después de que me invitaron, le pregunté a mi mamá por qué creía que lo habían hecho si “yo no era una líder”. “Nunca he sido presidente de la asociación estudiantil, ni jefe de grupo, ni nada parecido… ¡hablo bien poquito!”. Desde mis años escolares los demás veían algo en mí que yo no lograba ver.

Pero una persona insegura no hubiera bailado sola en la kermesse frente a toda la escuela porque no llegaron sus compañeras de fonomímica, no hubiera audicionado para el equipo de porra a pesar de morirse de miedo y no tener amigas dentro del equipo; una persona miedosa no hubiera viajado sola a Boston a un congreso que se encontró semanas antes en Twitter; una persona “chiquita” no hubiera salido adelante de una cirugía y secuelas como la disfagia.

¿Entonces por qué no me había dado cuenta? ¿Por qué no lograba ver eso que todos los demás veían?

El hecho es que nos medimos con una vara mucho más alta de la que medimos a todos los demás. Esa vara tan alta que nos ponemos, muchas veces imposible de alcanzar, es la que nos daña. Las palabras que usamos para describirnos, la forma en la que nos hablamos y los lentes que nos ponemos para vernos, afectan la manera en la que nos conducimos por la vida.

Lo más chistoso de todo es que siempre actué como una persona valiente, pero nunca me di cuenta de que lo era. El hecho de no darme cuenta hacía que dudara de mis metas y sueños. “Voy a trabajar por ellos, pero ¿no estaré pidiendo demasiado?”.

Haber abierto los ojos y quitarme las etiquetas me ha cambiado la vida en tan solo meses. Cuando te das cuenta de lo que vales, te atreves a buscar lo que mereces. 

Conozco a muchas personas que hacen lo mismo que yo hacía, que se juzgan demasiado: “siempre hago las cosas mal”, “tenía que ser yo”, “solo yo hago ese tipo de tonterías”. Cuiden la forma en la que se hablan y los ojos con los que se ven. Ser compasivos con nosotros no quiere decir bajar la vara completamente, sino irla subiendo poco a poco conforme la podemos brincar.

¿Se acuerdan de la historia del principio? ¿La del patito que siempre fue un cisne pero no se había dado cuenta? Hoy que empieza la semana no se les olvide: todos somos cisnes. Todos. Es hora de que lo vayamos sabiendo.

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